Crónicas de un tour: La mitad del mundo y un crater.
12am, a 6° de temperatura, estaba Quito ese día. No pude apreciar bien el aeropuerto, o el recorrido desde el mismo hacia mi hotel, porque caía de sueño, sin embargo, el trayecto me regaló sus mejores estrellas, se vistió de elegancia negra y a mi llegada me recibió con honores y una alfombra roja, como preámbulo de lo que se avecinaba para mí y mis compañeros de viaje.
Ya instalados en el hotel, maravilloso hasta más no desear, nos dispusimos a pedir servicio a la habitación porque el hambre atacó nuestros seres en ese momento, claro: tardamos mucho en el aeropuerto (los últimos en chequearnos en aduanas, el proceso de inmigración y etc, fuimos nosotros) así que al llegar al hotel, ya eran casi las 2am. Una hamburguesa y a dormir.
9am y partíamos a un recorrido muy hermoso, por el casco central de la ciudad, para entender mejor la cultura ecuatoriana. Mientras estaba maravillada por su gente, sus edificios, su sociedad, mi mente no se alejaba de nuestro próximo destino: actividades recreadoras en la mitad del mundo y el almuerzo en el lugar sorpresa que no me habían querido revelar.
En la mitad del mundo, sentí las fuerzas de la tierra misma halándome hacia sus polos, contagiándome con las mejores energías y limpiándome el alma.
Es indescriptible el caminar en línea recta con los ojos cerrados y los brazos abiertos para formar una cruz con tu cuerpo y notar que las fuerzas te llevan, te arrástran, para perder balance. Es como la paradoja máxima de la vida: pesas y no pesas, eres fuerte y débil.
En un momento nos enteramos de cómo los aborígenes encogían cuerpos y cabezas de sus enemigos, el por qué lo hacían; vimos espécies raras y conocidas de animales (peligrosos, otros no tanto) disecados, e hicimos la prueba del equilibrio: Colocar un huevo de gallina en la cabeza de un clavo.
De los tres viajeros, el único que pudo hacer tal proeza, fue mi compañero de viaje de 5 años; él fue el único que tuvo éxito, al colocar el huevo a la forma de Colón.
Luego de ese emocionante rato, nos dirijimos a la locación secreta: almorzaríamos en el único cráter habitado en el mundo. Sí, como leen: ¡ALMORZAMOS EN EL ÚNICO CRATER HABITADO DEL MUNDO!. Yo me pregunto: ¿quién querría vivir en el crater de un volcán? Al parecer, los habitantes de dicha localidad están muy felices en ese entorno (ja ja ja).
Imagínense esto: llegas a un restorant muy hermoso, luego de recorrer caminos intrínsecos, y te encuentras con un pulmón vegetal poco usual, habitado, donde hace frío, estás alejado de la ciudad por completo y lo único que puedes hacer es decir "Estoy vivo, esto es real. Lo logré."
La comida, vale destacar que es maravillosamente sabrosa, exquisita. Pero no te confundas: no exquisita por lo chic, exquisita porque es gastronomía autóctona de la zona, sencilla pero rica en sabores.
Lo mejor que puedo hacer con ustedes es compartir unas fotos... Y como consejo: viajen. Es lo mejor que podrán hacer en sus vidas.



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