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No es mío.

Ese odio que crees que tengo por ti, no es mío. Ese desprecio que crees que tengo hacia ti, no es mío. Nunca podría despreciar lo que he amado. Nunca podría tener odio hacia ti, aunque me hayas dolido en mis profundidades. Mías fueron las risas, los camelos. Mío fue el deseo de tenerte conmigo Mío fue el dolor de tu partida. Luego de un tiempo, veo que mi corazón, aún luego de estar roto en miles de pedacitos, es mío, en su inmensidad. Lástima que cuando te lo entregué y prometiste cuidarlo, al salir a jugar con el barco, se te olvidó que era frágil y se rompió por tu descuido. Ni las caricas en mi espalda, ni tus miradas las tuve. Al final, no fuiste mío.

Carta no entregada

… Me conformo con mirarte, en la distancia, en silencio. El espacio, no importa. El inmenso silencio en directo compensa nuestras cartas, nuestras miradas, tus incoherencias, mis picadas. Y no, no sé qué pasó entre tú y yo; que yo ahora estoy en una nube de la cual no me puedo bajar fácilmente (¿o no quiero?). Porque me cuesta un mundo, porque me exige ponerte en tu lado más humano, y no me gusta. Me gusta la realidad paralela, la sublime, esa sutil realidad donde estamos nosotros nada más, donde yo voy de tu lado, donde te escucho respirar, donde te veo reír, donde te busco y te encuentro, aunque yo esté inmersa en mi misma. En mi dimensión, ahí te veo y estás perfecto, como siempre, como en la vida real, con la diferencia, que en esta realidad sublime que construí de a poco, tú eres para mí, con todo lo que implica