Un cinco de julio...(capitulo II)
II
El Congreso.
A todos estos momentos, andando tan inmerso en mi universo, he olvidado presentarme, a lo cual me disculpo. Mi nombre es Francisco Isnardi. No quiero caras de asombro, es cierto: yo soy el secretario del Congreso.
-- ¡Don Isnardi! ¡Don Roscio! Adentro les esperan. Yo les cuido sus caballos.
-- Gracias, enseguida entramos.
Ya conocíamos lo que nos deparaban las próximas horas. Papeles, decretos, pelear por el ideal en común y tratar de mantener a estos “señores” en calma. La bulla del salón era insoportable, a pesar de estar muy acostumbrado a este ambiente, sigo prefiriendo estar en algún otro lugar. Juan Germán no paraba de saludar a los distinguidos de la sala, con una actitud casi desafiante. Espero que la reunión de hoy empiece temprano.
No había terminado de idear esa última frase cuando nos llaman a sesión. ¡Gracias Dios todo poderoso! Haz escuchado los ruegos de tu hijo. ¡Empecemos pues con este circo! De inmediato, el Presidente del Congreso, Diputado Juan Antonio Rodríguez
exclamó:- ¡Buenos días! Daremos inicio a la votación. Por favor, necesitamos orden caballeros, esto parece una jauría de hienas en vez de un congreso. Don Sebastian de Miranda, ¿podemos proceder o esperamos alguna intervención divina?
- No es necesario la ironía. Cuando así lo disponga usted, podemos comenzar.
Ah, mi tocayo, Sebastian Francisco de Miranda. Él siempre era un tanto rebelde. No me extrañaba que estuviera en el núcleo del alboroto. Rápidamente empezamos la jornada de votaciones. Es muy claro a qué jugamos.
A pesar de todo, se sentía un gran aire de conspiración. Muchos compañeros de congreso no “comulgan” con nuestra idea.
Ya cumplí con mi deber hacia mi patria, ahora sólo debemos esperar. Si tan solo pasaran las horas rápidamente, aunque en efecto ahora es mediodía, quisiera terminar de una vez por todas con esto y darle la estocada final a España.
Después de esperar varias horas, han salido a llamarnos para darnos la noticia.
-- Señores, caballeros… Siendo las 2:30pm, yo, Juan Antonio Rodríguez, en nombre de Dios padre Todo Poderoso, declaro solemnemente la Independencia absoluta de Venezuela.
El alboroto en las calles no se hizo esperar. De inmediato empezamos en la sala la redacción de un acta un poco particular, en la cual aun estoy trabado…
“En el nombre de Dios Todopoderoso, nosotros, los representantes de las provincias Unidas de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida y Trujillo, que forman la Confederación Americana de Venezuela en el continente meridional, reunidos en Congreso, y considerando la plena y absoluta posesión de nuestros derechos, que recobramos justa y legítimamente desde el 19 de Abril de 1810, es consecuencia de la jornada de Bayona y la ocupación del trono sin nuestro consentimiento, queremos, antes de usar de los derechos de que nos tuvo privados las fuerzas, por más de tres siglos, y nos ha restituido el orden político de los acontecimientos humanos, patentizar al universo las razones que han emanado de estos mismos acontecimientos y autorizan el libre uso que vamos a hacer de nuestra soberanía…”
Creo que se acerca algo hermoso. Aun aquí en el congreso puedo oír las vivas y aclamaciones del pueblo, espectador tranquilo y respetuoso de esta augusta y memorable controversia. De inmediato, se formó una manifestación popular, encabezada entre otros por Miranda y el Letrado Francisco Espejo, la cual recorrió calles y plazas, dando vivas a la Independencia.
Continuará….
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