Un cinco de julio...

I

Mala noche para buenos tiempos.

El día se sentía cargado, un tanto abrumador. No sé si era por haber pasado una terrible noche, o si los tiempos ameritaban preocupación. Hace un año que mi pueblo estaba temblando. Juan Germán me  lo había dicho, me dijo que hoy era un gran día, que tenía que estar listo, mas aún estaba en mi alcoba, esperando aclararme un poco antes de ir a ver a esos seres y seguir debatiendo entre la gente. El día aclaraba cuando de repente oigo pasos llegando a donde estoy.

-- Señor…Patrón… ¡Patrón!, levántese patroncito, abajo le espera Don Roscio. Dice que debe acompañarlo.
-- Ya voy negro, dile a Juan Germán que ya salgo. Haz el favor de preparar mis botas y mi caballo, y pregúntale a Juan si su caballo necesita algo. De ser así, asístelo y ten los caballos listos. Apenas tome café, Juan y yo nos vamos, y quiero que todo esté listo.
--Sus botas están aquí listas señor, y ya la negra Mara le prepara su café. Por su caballo no se preocupe mi señor, que ya salió y está esperando por usted. Ya iré a ayudar al señor Roscio pa’ que puedan irse. ¿Necesita algo má’ patrón?
--No Naett, puedes irte, gracias.

Así, con esas direcciones, salió Naett. Para mí era uno más en mi casa, casi de la familia. Para mi familia, un simple esclavo que sabía cumplir con su trabajo.

Me alisté rápido (sabía cuán molesto era para Juan Germán esperar, era una actividad que lo hacía enfermar hasta no poder) y me dirigí con nervios pero con firmeza para dónde estaba él. En el salón, sólo estaba él, y los manuscritos que rodeaban mi vida. Me acerqué al tiempo que exclamaba:


-         ¡Buen día Juan, no esperaba tenerte por acá tan temprano! Pido disculpes si te hice esperar demasiado.
-         No te preocupes Francisco, sabes que para mí, esperar no es un arte que se me de agradable, pero debo lidiar con ello. Ahí dejaron tu café y justo instantes previos a tu llegada vino Naett a decirme que están listos los caballos. ¿Estás preparado?
-         No Juan, pasé mala noche, pero debemos seguir. Cuanto antes salgamos de esta pesadez, mejor.

Tomé mi café, y apenas puse la taza en la mesa, Juan estaba en la puerta del salón, la cual tenía abierta esperando por mí para irnos a cabildo. Tomé mis pertenencias, y salimos al frente de mi casa. Naett tenía los dos caballos listos, en efecto, como se lo había pedido. Le dejé instrucciones para que realizara algunas labores y me despedí de él. Juan hizo lo propio y me siguió. No tardamos mucho en llegar a cabildo, pero en el camino, sentía una gran preocupación. En cambio Juan se sintió en calma, casi felíz. Antes de pedirle más fuerza a su caballo, dijo:

-         -¡Ánimo Isnardi! Ya tendrás tiempo para poner cara fúnebre en el cabildo, cuando te empiecen a llamar. Por lo pronto sonríe y respira aire puro. Apura el trote, ya casi llegamos. ¡HIAH!

Con ese grito apuró el trote, seguido por mí. Ojala y no se equivoque, aunque presiento que el día entero lo pasaré entre ideales y más preocupaciones.


Continuará...

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