El Reencuentro con Margarita

Dedicado a ese pedazo de tierra que llamo hogar despuès de mi hogar.


Si alguien me hubiese dicho que luego de tener los seis años cumplidos, no la vería más, no le hubiese creído. Es que era tan hermosa, que me parecía imposible dejar de encontrarme con ella, tanto que, al instante de conocernos, caí en sus encantos, como si estuviese embriagada por el canto de sirena que desde temprana edad escuché de ella.

Me enamoré de ella, de sus fisuras, de su anatomía, de su respirar, me enamoré sin saberlo. Aún recuerdo claramente nuestro último encuentro. Estaba con mi familia, disfrutando del sol, del paisaje, y recuerdo haberme distraído tanto que tropecé y caí en la acera de cemento, que estaba caliente, producto del mediodía. Su marca en mi pie izquierdo no se ve ya, pero recuerdo que era en forma de triángulo, que me dolía muchísimo, y que lloré un charco cuando me caí. Creo que era su forma de darme un beso que me dejara marcada de por vida, hasta nuestro próximo encuentro.

Al día siguiente, partimos en el ferry, y a esa edad, yo mareaba mucho, por lo cual opté por dormir hasta llegar a Puerto La Cruz. Atrás dejaba a Margarita, que me sonreía con ese atardecer naranja, aún cuando una lágrima de luna recorría su mejilla de cielo abierto. Catorce años tendrían que pasar hasta nuestro nuevo encuentro.
Y es que Margarita es la isla buscada por excelencia, es el referente nacional de mi país; como cualquier niña con infancia bonita, daba todo por sentado, no por querer, sino por la alegría de ser niña. Asumí que sería repetitivo mi encuentro con ella, con sus calles, su mar, sus historias de héroes pescadores, sus empanadas en la 4 de mayo, o los paseos a Playa EL Agua.
 
Las ganas de ir a la isla se intensificaban, se hacían más fuertes, hasta llegar al punto de ser magnificadas por los recuerdos, por los deseos. Luego dejé de pensar en ella, porque dolía no verla, dolía saber que estaba descuidada por muchos, que no la querían, que la usaban peor que a una cabaretera, peor que un florero de alquiler.

Y sucedió, sucedió el reencuentro con la isla, con MI isla. Recuerdo haber llegado de noche, cansada del trajín, y dándole gracias a Dios por su existencia, aun cuando de la boca para afuera dijera que lo único que quería era dormir.

Caminar por tus calles, por tus avenidas, ver a los mercantes de nuevo, tu mar, todas esas cosas que me hacían falta, fue sencillamente esotérico, mágico, único.

Sin embargo, para hacer las paces contigo Margarita, para escuchar ese canto de sirena, era necesario nuestro momento a solas, ese momento donde sólo estuviera tu presencia en los muchachos que se lanzan al mar por una moneda, en la cara del pescador con frutos frescos, en el viento, en el mismísimo mar picado, en tu sonrisa de atardecer cálido.


“Saldré un rato” dije, y me fui a caminar. Solas tú y yo, retomaríamos esa promesa silenciosa que me hicieras algún día, que yo cumpliría a cabalidad y que tú nunca olvidarías. Me duele verte descuidada pero sonrío, porque nunca te gustó verme triste, siempre, a tu manera, me hacías sonreír. Claro que teníamos diferencias: tú me querías dar pescado y yo lo detesto, yo era indiferente y tu cariñosa, pero eso sólo intensifico nuestra relación. Definitivamente, tú me hiciste margariteña desde aquél beso, ¿lo recuerdas?, ese beso que dolía, ese beso triangular. Ahora me besas la frente, me abrazas con esa brisa tan tuya y yo solo puedo pensar que no me quiero separar de ti, mi isla, mi hogar fuera de mi lugar.

Tanta redención, tanta emoción, tanta paz, y obvio no podía dejar de visitar los lugares máximos: la casa de la bella Virgen del Valle, y la montaña.

Prometo regresar, prometo verte en sueños, prometo escapar cuando sienta que no pueda más, siempre que tú, Margarita, me prometas no olvidarte de mí, no dejarme cambiar. Margarita promételo y sellemos la promesa de que volveré antes de lo que imaginas, antes de que pierdas memoria de mi existencia.
 

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